La cocina olía como huelen todos los lugares importantes: a algo que ha sido amado durante mucho tiempo.
Alma despulpaba las cerezas de café a mano. Lento. Deliberado. Experimentado. Los granos se desprendían uno a uno. Y de las cerezas, de esa capa luminosa, parecida a la miel, que se aferraba entre el grano y el fruto, salió algo que hizo que Ahyssa se detuviera.
Un líquido. Dorado. Casi brillante.
—¿Qué haces con eso? —preguntó Ahyssa.
Alma hizo una pausa. Y en esa pausa había toda una educación. Lo borramos, dijo simplemente. Siempre lo hemos hecho.
Ahyssa observó cómo el goteo dorado caía por el desagüe. Luego, buscó debajo del mostrador, encontró un frasco de vidrio vacío y lo sostuvo bajo el chorro.
Lo atrapó. Antes de que pudiera echarse para atrás. Antes de tener un plan, un nombre o una razón. Simplemente lo atrapó y, al atraparlo, lo empezó todo.